EL QUE DOMINA EL BALÓN NO SABE INGLÉS
A veces, el aprender idiomas se hace imperioso, tanto que tu trabajo puede llegar a depender de esta medida. En efecto, las mejores oportunidades de trabajo, están del lado de las personas bilingües, ni qué decir de los poliglotas o de las personas que tienen el título de maestro en inglés por ejemplo. Si se trata de trabajos en que la negociación es el pan y la mantequilla de todos los días, usted necesitará echar mano como mínimo del idioma inglés en un nivel intermedio, algo que al menos le permita sostener determinadas situaciones y conversaciones. Con suerte y su negocio tenga éxito, pero si quiere estar seguro de que esto sucederá debe mantener un nivel de inglés avanzado. Todos estos pensamientos vinieron a mi mente a raíz de la llamada de un viejo amigo, al cual no veía desde los tiempos de la universidad. El destino parecía burlarse de él, puesto que me contaba que había caído en un trabajo donde, con el correr de los días, se dio cuenta que su nivel de inglés determinaría el ingreso mensual que recibiría. Y digo que el destino parecía burlarse de él, porque en su momento, cuando ambos cursábamos los estudios generales de la universidad, recibimos la gran oportunidad de seguir un curso de idiomas como anexo a nuestra carrera, entre otros muchos.
En efecto, corrían los primeros años de la década del noventa, cuando conocí a Felipe, en una de tantas borracheras suscitadas en uno de los bares que estaban cerca del campo universitario. Era época de exámenes finales y ambos terminábamos con éxito nuestro primer semestre académico. Había que celebrar. Pero no éramos los únicos, me atrevería a decir que casi el 30 por ciento de los alumnos estaban por allí en uno u otro momento, dependiendo a qué hora haya sido su último examen final. Aprobaran o desaprobaran, allí estaban, el fiel rebaño iba en caravana a esos locales. Se comentaba el ciclo en sí, las anécdotas, los emparejamientos de cada uno, se elaboraba un identikit de cada uno de los profesores con sus respectivos apodos y por supuesto, se traía a colación las anteriores borracheras de aquel año. Pero otros iban más allá, y ya comentaban lo que se vendría el siguiente ciclo. Efectivamente, la gente acopiaba datos acerca de los monstruos a ser derrotados en el semestre académico que se vendría en unas cuantas semanas. En nuestro caso, nos esperaba un segundo ciclo lleno de estudios generales, la verdad casi todos muy accesibles -y hasta fáciles diría yo- pero siempre hay una excepción, en este caso eran las siempre temidas Matemáticas Básicas II, así, con ese título pomposo. Si ya habíamos tenido ciertas dificultades con la primera versión, esta segunda reencarnación del curso prometía ser más fuerte, ahora trasladada al espacio. Decenas de gráficas y ecuaciones nos esperaban. Había que andarse con cuidado y elegir bien al profesor.
Como digo, durante estas educativas borracheras, recabábamos datos de quiénes eran los mejores profesores, los informantes evidentemente eran los alumnos de ciclos mayores y fue gracias a uno de ellos que supimos que a partir del segundo ciclo, podríamos elegir un curso electivo, valga la redundancia. Había varias opciones. Podía ser el aprendizaje del idioma inglés, podía ser computación –recuerden que aún estaba por llegar el imperio Windows- o incluso la práctica amateur de un deporte. La elección para un jovencito era bastante obvia. Deportes. Pero la prioridad mandaba. Y cuando digo prioridad me refiero a la que la propia universidad te asignaba en base a tu promedio ponderado. En este caso, los primeros eran los primeros en matricularse y por tanto, uno se podía quedar sin cupo a la hora de elegir los cursos. Este fue mi caso ya que tuve que abdicar el deporte en favor de la computación –ahora lo agradezco- puesto que empalmé de lleno con el Windows 95 y de ahí no he parado hasta ahora. Mi amigo Felipe tuvo más suerte que yo, aunque debería decir menos suerte. Cómo decirlo. El hecho es que obtuvo un alto promedio en el primer ciclo y por tanto, quedó a tiro de puerta para elegir lo que siempre le gustó, el fútbol. El Destino le tiró un cebo y él, redondo, lo mordió.
Pasaron los años y Felipe pudo terminar su carrera, pero algo le esperaba al final del camino. En su nuevo trabajo, debía vender software prediseñado a compañías. Algo sencillo para él que era un vendedor nato, pero el asunto es que la mayor parte de su público objetivo, eran compañías extranjeras, con las cuales había que negociar en inglés, idioma que era casi desconocido para mi amigo futbolista.
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