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Aprendiendo a pensar en otros idiomas

 Si hay algo que nos permite delimitar las borrosas fronteras entre los humanos, hominidos, y las demás especies animales es, precisamente, el lenguaje. Esta poderosa herramienta supuso un crecimiento de la corteza cerebral, un desarrollo de facultades cognitivas superiores y el verdadero salto evolutivo frente a nuestros primos más cercanos, los monos. El lenguaje nos marca en nuestra primera infancia, al igual que lo fue en el amanecer de los tiempos de las distintas culturas que poblaron y pueblan nuestra aldea global. Una sinuosa analogía se extiende en un arco histórico que tiene por un lado la infancia del hombre como sujeto cultural, capaz de crear y de legar, a través del arte y del lenguaje, su obra, y por otro, al hombre concreto, ubicado en un tiempo y espacio histórico especifico, cuya lengua materna lo marcará de tal manera que sus emociones, motivaciones y pensamientos, estarán signados bajo el influjo de ese conjunto de significantes y significados llamados lengua. Es difícil dejar de pensar en nuestro idioma. Esto lo saben todos aquellos que intentan estudiar una lengua extranjera, pues la traducción literal y la transposición del idioma de manera estereotipada, es un obstáculo que dificulta el aprendizaje. Uno piensa como habla, esto es, primero es el lenguaje, luego el pensamiento. Este último aparece, según todos los estudios hechos, por ejemplo por psicolinguistas, como consecuencia del lenguaje. Entonces, nuestra lengua materna será el lente con el que veremos la realidad, y también, quizás la distorsión con la que enfrentaremos otras lenguas. Existen por ejemplo similitudes entre lenguas, raíces comunes, lenguas madres que derivaron luego con diferencias evolutivas e históricas, en los idiomas que hoy conocemos, tal es el caso del latín y su influencia vital en la construcción y desarrollo de, por ejemplo, el castellano, portugués, italiano, etc. Pero sus diferencias constituyen un universo interminable de realidades enriquecedoramente distintas. Así como hablamos, pensamos. Una lengua extranjera, distinta a una nuestra lengua materna, es, sobre todo, una forma de pensar. Pensando en inglés, encontraremos que será mucho más fácil poder hablarlo. Aprender a pensar en otro idioma es la estrategia cognitiva que deberemos intentar entonces si deseamos aprenderlo de manera eficaz y eficiente. El lenguaje es la expresión del inconsciente, según el psicoanálisis de larga data, desde Freud hasta su principal defensor en escenarios parisinos, Lacan. El lenguaje nos permite también no comunicarnos, dejar de decir, o dejar de ser. Los idiomas son una ventana maravillosa para observar otras culturas, y en sus distintas lenguas, su devenir histórico, y a través de la lengua, y su aprendizaje, quizás podamos aprender acerca de el pensamiento que respira bajo el cuerpo de la identidad de un pueblo, y podamos acercarnos aun más a ellos si logramos decodificar los signos que los identifican culturalmente, y aprender su idioma significará también aprender a pensar un poco como ellos. En la torre de Babel que es hoy el mundo, aprender idiomas es la única forma de derribar las fronteras. El lenguaje es la ventana del inconsciente pero algo más: la puerta a posibilidades infinitas para comprender a otros pueblos, y se convertirán los idiomas en las herramientas necesarias para construir  un futuro de integración y modernidad. 

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