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REUNIÓN DE IDIOMAS, GRADUACIONES Y CHORIZOS

Algunas reuniones son especiales, no porque el anfitrión cumpla años o porque sea motivo de un agasajo especial, sino porque el día de la cita coincide con un hecho especial en tu vida. Claro que este hecho puede ser tan importante como haberse graduado de una carrera de traducciones o de idiomas o tan banal como haber culminado una dieta, lo importante es que se recuerda. En mi caso justamente pasaron ambas cosas. Por una parte, celebrábamos el final de la carrera de mi novia en su curso de idiomas (con éxito por supuesto) y además, mi salida de una dieta bastante rigurosa que había seguido el último mes luego de varios años de continuos desandes, tanto ella como yo. Y la figura es bastante sencilla de entender. Sucede que mi novia, había ingresado a la facultad de idiomas de la universidad pero sin dejar su trabajo en una entidad financiera. Por cierto que esta rutina es bastante pesada y lo digo yo, que no tenía que mezclar ambas funciones, sin que esto suponga mi falta de compromiso para el apoyo en la campaña.

 

            Fueron más de tres años en que mi enamorada se afanó en la realización de ambas tareas, poniendo el cien por ciento de sus esfuerzos en lograr ambas actividades de la manera más profesional. A mí, no me quedó otra cosa que apoyarla, y de muy buena gana debo decirlo, claro que el entusiasmo del principio se fue diluyendo, no digo al punto cero pero me encontró más de una vez mirando el calendario y sacando cuentas de los periodos de vacaciones y sobre todo de cuando llegaría el día en que mi novia se graduara. Pues ese día llegó el pasado fin de semana, cuando el calendario apenas había pisado el mes de Febrero. Último día de clases y que justamente vino a coincidir con mi salida de una dieta, como dije. En cuanto a mi escenario no hay mucho que decir, sólo que debía bajar cerca de 10 kilos, aproximadamente mes y medio de dieta y ejercicios en los cuales me mentalicé sin  ningún problema. Curiosamente finalicé dos días antes del último sábado, fecha en la cual recibimos una invitación con motivo del cumpleaños de una amiga de mi novia. La chica, llamada Patricia, también había estudiado traducción de idiomas pero de un modo tradicional, ni bien terminada la escuela y sin duda, mi novia y ella,  tenían mucho que hablar. Miren que ahora que escribo este hecho, recién caigo en la cuenta de que fue su cumpleaños, creo que mi novia si se acordó, aunque no podría afirmarlo. En fin, ya pasó.

 

            Pues ese sábado, nos alistamos para salir. Era de noche y nos dijeron que iba a haber, abundante comida para la cena. El tenor de la comilona era el de hacer un parrilla con varias clases de carnes y embutidos. Perfecto –dije para mí-, ya que estas parrillas generalmente se acompañan de patatas sancochadas o doradas y ensaladas, ideales para no salirse mucho de la dieta, sería un buen puente antes de empezar a subir la cantidad de carbohidratos en mi ingesta diaria de calorías. Pues me equivoqué. Una vez llegados  a la dirección, no sin antes pasar a recoger a otra apurada pareja y a una solitaria chica, a la cual su deportista novio no quiso acompañar, ingresamos saludando a todo el mundo y, ahora recuerdo bien, no hice ninguna mención por el cumpleaños de Patty. Definitivamente se me pasó. Pasamos, ya había gente reunida en la sala y en parte del jardín, y la parrilla empezaba a calentarse bajo la atentada mirada de un muchacho que habían contratado para la ocasión. Lo gracioso era que el muchacho era pelirrojo y parecía que era un producto más de la parrilla, con las mejillas incandescentes y sudor por la frente. Pasó un rato entre bromas, conversaciones y nuevos lazos de amistad, cuando se anunció que la parrilla consistiría básicamente en embutidos pues el encargo de las carnes había sido cancelado por problemas de transporte o algo así. No me quedó muy claro, lo único de lo que estaba seguro era que tenía hambre y mucha, pues tuve la genial idea de hacer mi última comida de ese día seis o siete horas antes.

 

            Llegado el momento sólo había salchichas y chorizo, ambos servidos en panes que nunca se acabaron. Con culpa, debo decir que me administré entre cuatro y seis sándwiches de chorizo, no lo recuerdo con precisión, pero en mi defensa debo decir que no toqué el licor ni las sodas y sólo me dediqué al exquisito jugo de durazno, al cual nadie hacía caso.

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